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sábado, 14 de marzo de 2026

 EN LA CRUZ DE FERRO

(Antonio Gavilanes – Hospitalero del albergue de Tordesillas) 

Tomando como base mi trabajo manual, hecho con piedras de la playa, de un grupo de peregrinos en torno a la mítica Cruz de Ferro, escribo lo siguiente:

“El viento soplaba con suavidad, llevando consigo un murmullo que parecía mezclarse con el canto lejano de los pájaros. Frente a la imponente Cruz de Ferro, un grupo de peregrinos se había detenido. Sus mochilas descansaban sobre la tierra polvorienta, y cada uno llevaba en las manos piedras recogidas a lo largo del camino, pequeñas ofrendas que simbolizaban cargas, recuerdos y promesas.


El silencio se volvió casi tangible mientras todos se acercaban a la cruz, formando un círculo imperfecto pero íntimo. Una mujer mayor levantó la vista, sus ojos humedecidos, y susurró una oración que se perdió entre el viento. Otro peregrino, con la voz firme y pausada, comenzó a recitar el Padre Nuestro, y pronto sus palabras fueron tomadas por los demás, que las repetían como un eco sereno que subía hacia el cielo.

Cada gesto parecía cargado de intención: algunos dejaban caer sus piedras a los pies de la cruz, otros cerraban los ojos, inclinando la cabeza mientras los labios se movían en plegaria. Un joven, con la mochila aún atada, respiró hondo y apoyó las manos sobre la madera rugosa de la cruz, como buscando apoyo y guía en aquel símbolo antiguo que había sido testigo de tantos caminos antes que el suyo.

El grupo permaneció allí varios minutos, sin prisas, dejando que el aire frío y la luz tibia del atardecer penetraran en sus corazones. Al final, un leve murmullo de agradecimiento surgió de entre ellos, y uno a uno comenzaron a dispersarse lentamente, cada peregrino llevando consigo una sensación de alivio, esperanza y conexión con todos los que, antes y después, habían dejado sus cargas en aquel mismo lugar sagrado.”

viernes, 12 de diciembre de 2025

 CAMINAR CON EL CORAZÓN

Cuando San Juan Pablo II pronunció aquellas palabras —“Cuando tus piernas están cansadas, camina con tu corazón”— ofrecía una enseñanza profundamente humana y espiritual. En su aparente sencillez, la frase encierra una sabiduría que toca el fondo del alma: la certeza de que no siempre se trata de avanzar con fuerza física, sino con convicción interior.



Hay momentos en la vida en los que el cansancio nos alcanza de verdad. No solo el cansancio del cuerpo, sino ese que nace del alma: el peso de las preocupaciones, de los fracasos, de las heridas invisibles que se acumulan con el tiempo. Entonces, las piernas —símbolo de nuestra voluntad, de nuestro impulso cotidiano— ya no responden como antes. Es ahí cuando Juan Pablo II nos invita a cambiar el modo de caminar: a hacerlo con el corazón.

Caminar con el corazón significa seguir adelante por amor. Es la fe la que se convierte en paso; es la esperanza la que toma el relevo cuando la fuerza humana se agota. El corazón, lleno de sentido y de presencia, se vuelve brújula y sostén. Caminar con el corazón es mirar hacia arriba cuando todo alrededor parece oscuro; es avanzar no porque el camino sea fácil, sino porque hay un propósito que lo sostiene.



Este mensaje no solo habla a los creyentes, sino a todos los que alguna vez han sentido el peso del cansancio y, sin embargo, han decidido continuar. Nos recuerda que lo esencial no es llegar rápido, sino llegar fieles. Que los pasos más valiosos no siempre se notan en el suelo, sino en la profundidad del alma que se niega a rendirse.

En el fondo, esta frase es un llamado a transformar el sufrimiento en ofrenda, la debilidad en confianza, el cansancio en oración. Porque cuando las piernas ya no pueden, el corazón —ese lugar donde habita Dios y donde se guardan los sueños— tiene la capacidad de levantar al ser humano y hacerlo seguir andando, incluso sobre la arena del desierto o bajo la lluvia de las pruebas.



Caminar con el corazón es, en definitiva, hacer de la vida una peregrinación interior. Es dejar que cada paso, aun el más pequeño, sea una expresión de amor. Y cuando el cuerpo flaquea, cuando todo parece perdido, recordar que quien camina desde el corazón nunca está solo: lleva en su interior la fuerza silenciosa del Espíritu, que siempre empuja hacia adelante.

lunes, 29 de abril de 2024

CARLA PINTA EL CAMINO 

EN HOSPITAL DE ÓRBIGO

Corría el año 2014, y más concretamente en el mes  septiembre, cuando haciendo un periplo caminero por el Camino Francés llegamos a Hospital de Órbigo (León). Tras las fotos correspondientes a la entrada del famoso puente donde tuvo lugar el hecho histórico del Paso Honroso del caballero Don Suero de Quiñones y habiendo cruzado a través de los 20 ojos o luces que lo conforman nos dirigimos al albergue San Miguel situado al final de la sirga peregrinal Álvarez Vega. 

Ya nos sorprendió su polícroma fachada aunque la sorpresa mayor  nos la llevamos en su recepción. En cuanto a su decoración no es un albergue al uso. Todas las estancias rebosaban de múltiples colores por doquier. Y es que el propietario lo había transformado en taller de pintura a la vez que pinacoteca. La colección de cuadros la forman un conjunto que han sido pintados por los propios peregrinos y los aportan a la colección como obsequio voluntario.



Pues en este ambiente pictórico es donde se desarrolla una experiencia inolvidable para una pequeña peregrina que nos acompañaba. Se trata de Carla que no se cortó ni un pelo para coger los trastos de pintar: caballete, lienzo, paleta, pinceles, colores al óleo y hasta el guardapolvo blanco, todo puesto a su disposición por los responsables del albergue.


Su intención fue plasmar algo relacionado con el  Camino a Santiago y Tordesillas. Para ello se ayudó de otro peregrino tordesillano y excelente pintor, Perico, que se encontraba con el grupo de peregrinos. Carla le explicó a Perico su idea y él le preparó de inmediato un boceto. Y no pudo ser más adaptado a lo que Carla se imaginó.

El puente, San Antolín y la Casa del Tratado toman protagonismo en el cuadro junto al símbolo por excelencia para guiar a los peregrinos, la flecha amarilla. A partir de ese momento Carla se puso manos a la obra y poco a poco trasladó al lienzo los colores más aproximados a la realidad tordesillana. 


Finalizada la obra, fue felicitada por Perico, por sus abuelos Mary Carmen y Antonio y por los responsables del albergue quienes le ofrecieron la obra pictórica a su autora para que la llevase a su casa de Tordesillas donde la conserva  como recuerdo de un día en un albergue en el que se respira, arte, paz, armonía y calor de hogar. Toda una leyenda en el Camino a Santiago, como se recoge en su página.