sábado, 14 de marzo de 2026

 EN LA CRUZ DE FERRO

(Antonio Gavilanes – Hospitalero del albergue de Tordesillas) 

Tomando como base mi trabajo manual, hecho con piedras de la playa, de un grupo de peregrinos en torno a la mítica Cruz de Ferro, escribo lo siguiente:

“El viento soplaba con suavidad, llevando consigo un murmullo que parecía mezclarse con el canto lejano de los pájaros. Frente a la imponente Cruz de Ferro, un grupo de peregrinos se había detenido. Sus mochilas descansaban sobre la tierra polvorienta, y cada uno llevaba en las manos piedras recogidas a lo largo del camino, pequeñas ofrendas que simbolizaban cargas, recuerdos y promesas.


El silencio se volvió casi tangible mientras todos se acercaban a la cruz, formando un círculo imperfecto pero íntimo. Una mujer mayor levantó la vista, sus ojos humedecidos, y susurró una oración que se perdió entre el viento. Otro peregrino, con la voz firme y pausada, comenzó a recitar el Padre Nuestro, y pronto sus palabras fueron tomadas por los demás, que las repetían como un eco sereno que subía hacia el cielo.

Cada gesto parecía cargado de intención: algunos dejaban caer sus piedras a los pies de la cruz, otros cerraban los ojos, inclinando la cabeza mientras los labios se movían en plegaria. Un joven, con la mochila aún atada, respiró hondo y apoyó las manos sobre la madera rugosa de la cruz, como buscando apoyo y guía en aquel símbolo antiguo que había sido testigo de tantos caminos antes que el suyo.

El grupo permaneció allí varios minutos, sin prisas, dejando que el aire frío y la luz tibia del atardecer penetraran en sus corazones. Al final, un leve murmullo de agradecimiento surgió de entre ellos, y uno a uno comenzaron a dispersarse lentamente, cada peregrino llevando consigo una sensación de alivio, esperanza y conexión con todos los que, antes y después, habían dejado sus cargas en aquel mismo lugar sagrado.”

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