CAMPUS STELLAE:
UN VIAJE LITERARIO A TRAVÉS DEL
TIEMPO
(José
Luis Coy)
José Luis Coy Martínez, nace en Barcelona en 1965 (Gerona) Inició la carrera se arquitectura abandonándola para dedicarse al mundo del dibujo ilustrativo.
Durante más de treinta años trabajó en las
oficinas de correos en Barcelona en los que desempeñó distintos puestos
operativos y de jefatura, especialmente en oficinas y distribución. Después
haber escrito algunos relatos cortos editó su primera novela “Campus Stellae”.
Posteriormente le siguió “Morir en Santiago”
Campus Stellae es una novela ambientada en el Camino Francés y presenta una premisa tan sugerente como intrigante: su protagonista se ve envuelto en un extraño fenómeno que le hace retroceder un año en el tiempo por cada kilómetro recorrido. Así, partiendo desde la localidad francesa de Saint-Jean-Pied-de-Port, inicia una travesía que lo llevará hasta las puertas de la catedral de Santiago de Compostela tras haber retrocedido ocho siglos en la historia mientras atraviesa los pueblos de esta emblemática ruta.
La idea de la novela nació en 2011,
mientras el autor realizaba el Camino de Santiago. De forma casi casual,
coincidió con la celebración del ochocientos aniversario de la consagración de
la catedral compostelana. Fue entonces cuando surgió una reflexión tan simple
como poderosa: si cada kilómetro recorrido equivaliera a un año en el tiempo,
los ochocientos kilómetros del Camino permitirían llegar hasta el año 1211 y
asistir en primera persona a aquel acontecimiento histórico en la Plaza del
Obradoiro.
A partir de esta brillante premisa, el
autor construye una historia que combina aventura, historia y reflexión. Pero
la experiencia no termina ahí. De algún modo, el autor confiesa haber vivido
parte de esta aventura en primera persona al recorrer el mismo camino que narra
en la novela. El viaje en el tiempo, aunque imaginario, ha sido el fruto de
horas de documentación y creatividad, investigando la situación socioeconómica
de cada localidad en distintos momentos históricos y dejando volar la
imaginación entre leyendas y hechos reales.
El proceso de escritura contó, además, con una ventaja clave: haber pisado todos los escenarios que aparecen en la obra. Muchos de los personajes ficticios nacen de la adaptación de peregrinos, lugareños y hospitaleros con los que el autor se cruzó durante su travesía. Para dar coherencia a la historia, fue necesario incluso construir un calendario que abarcara ocho siglos, permitiendo ubicar con precisión qué ocurría en cada lugar en cada momento.
En definitiva, podemos decir que estamos
ante una propuesta literaria que combina historia, ficción y experiencia
personal de una manera única. Una invitación no solo a leer, sino a caminar,
imaginar y, quién sabe, quizá también a viajar en el tiempo.
Sirvan estos párrafos para invitar a
los simpatizantes de los Caminos a Santiago a la lectura de la obra cuya
portada recoge su paso por el Hospital de San Antón.
“Todavía estaban frescos cuando vislumbraron la silueta de la iglesia de San Juan de Ortega en medio de la nada. La prolongada parada por el encuentro con el italiano, les había proporcionado un merecido descanso tras salvar la empinada pendiente de los Montes de Oca.
Volvieron a ver los característicos nidos de cigüeñas, que habían establecido su base en la parte más alta del conjunto arquitectónico. Accedieron al interior de la iglesia por la fachada occidental, a través de una pequeña portada de finas arquivoltas ojivales. Ya en el interior, Luis quedó admirado ante la curiosa estructura del ábside central, donde la bóveda aparecía reforzada por varios nervios que se unían en la clave, soportados por gruesas columnas. Entre ellas, se apreciaban los ventanales que iban a morir a las vidrieras mediante diez arquivoltas abocinadas, creando un curioso efecto de luces y sombras, cuando los rayos del sol se colaban en el interior. El monasterio estaba habitado por un grupo de ermitaños castellanos, que se habían instalado en el lugar adecuado para llevar a cabo, la vida contemplativa que establecía la Orden de San Jerónimo.
La soledad y el silencio eran requisitos indispensables para conseguir la
unión con Dios a través de las oraciones, y el paraje en que se encontraba el
cenobio, reunía las condiciones adecuadas para mantenerse alejados de la vida
mundana, donde las tentaciones y el pecado, estaban a la orden del día.”




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