NO TENGAS PRISA, PEREGRINO:
A DONDE TIENES QUE LLEGAR ES A TI MISMO
En el Camino —ese largo hilo que cose tierras, recuerdos y silencios— la prisa es una tentación tan sutil como traicionera. Uno cree que avanzar rápido es avanzar mejor, que sumar kilómetros es sinónimo de progreso. Pero el Camino, con su antigua sabiduría, se encarga pronto de desmontar esa idea: te duele un pie, el sol se detiene sobre ti como un peso de plomo, la mochila te recuerda su presencia… y entonces entiendes que no se trata de correr, sino de escucharte.
Porque no hay meta más verdadera que la que llevas dentro. Santiago es un lugar hermoso, sí, pero es también un punto en el mapa, una excusa para empezar a caminar. El verdadero destino se revela en cada paso silencioso, en las conversaciones inesperadas, en las dudas que decides afrontar al borde de un camino de tierra. El viaje exterior es solo el eco del que haces por dentro.
Muchas veces caminamos como vivimos: acelerados, sin mirar demasiado, pensando en lo que vendrá y no en lo que sucede ahora mismo bajo nuestros pies. Pero el Camino, con su ritmo antiguo, invita a otra cosa: a detenerse un momento bajo un castaño, a respirar la mañana húmeda, a sentir la vibración del mundo sin filtros. A veces, incluso, a aceptar que no pasa nada si hoy avanzas diez kilómetros en vez de veinte. O cinco. O ninguno.
No tengas prisa, peregrino.
No porque el tiempo sea infinito —no lo es—, sino porque tu llegada no depende
de la velocidad, sino de la profundidad. Cada pausa te revela algo; cada
cansancio te enseña un límite; cada encuentro te abre una puerta. Y al final,
cuando cruces la plaza del Obradoiro, comprenderás que el Camino no te llevó a
Santiago: te llevó a ti.
Camina, sí. Pero camina despierto.
Camina abierto. Camina sabiendo que la meta eres tú.


No hay comentarios:
Publicar un comentario