jueves, 2 de octubre de 2025

 

EL SUSURRO DE LAVACOLLA

(MICRORRELATO JACOBEO)

Corría el siglo XII y el Camino era un largo suspiro de polvo, promesas y fe. Los pies de los peregrinos estaban curtidos por la piedra y la distancia, y sus ropas, deshilachadas por el viento y el tiempo, llevaban bordadas las historias de tierras lejanas. Uno de ellos, un joven llamado Mateo, había salido desde tierras de Lombardía meses atrás. Había cruzado montañas nevadas, soportado lluvias interminables, dormido bajo cielos sin techo y comido del fruto de la caridad o del hambre. No caminaba solo, pues cada paso suyo estaba acompañado por una plegaria interior: encontrar la redención de su alma quebrada.

Mateo había partido buscando perdón. No había cometido crímenes atroces, ni herejías, ni sangre manchaba sus manos. Pero su corazón pesaba por no haber cumplido las últimas palabras de su madre moribunda: "Ve a Santiago y entrega allí mi agradecimiento por todo lo vivido". Durante años, aquel encargo fue postergado por la juventud, por la guerra, por la vida. Y cuando el silencio se volvió insoportable, tomó el bordón y el sombrero, y echó a andar hacia el ocaso, hacia donde se esconde la luz del mundo.

Cuando la silueta de Compostela se adivinaba ya entre las brumas del horizonte, Mateo llegó a Lavacolla, o Lavacoya como  se le llamaba entonces y ahora. Allí el riachuelo Sonya, limpio y cristalino, cantaba un himno sereno a los cansados. El agua, helada como el perdón recién concedido, bajaba entre piedras humildes, serpenteando como si también ella peregrinara hacia el Apóstol.

Los peregrinos sabían que aquel era el último umbral, la última puerta antes del abrazo. Y allí, bajo la sombra de los sauces y los fresnos, Mateo se despojó de sus harapos, de su polvo y su pasado. Se sumergió lentamente en las aguas purificadoras, mientras el frío le atravesaba el cuerpo hasta el alma. No era solo el sudor del viaje lo que lavaba, sino las culpas que lo habían acompañado como un fardo invisible.

Sentado en la orilla, mientras el sol bajaba lentamente por los bordes del mundo, comprendió que había llegado. No a Santiago, no aún. Pero sí al punto exacto en que el alma se siente liviana, en que las lágrimas no pesan y el corazón late limpio. Aquel instante, en el silencio del riachuelo y con el frescor aún en la piel, fue más sagrado que cualquier altar de piedra.

Revestido con ropas secas, Mateo emprendió el último tramo del camino. Los pies no dolían. El zurrón ya no apretaba. El bordón casi le sobraba. Caminaba con una sonrisa apenas dibujada, una paz que lo envolvía. Y cuando por fin entró en la plaza del Obradoiro, sintió que la promesa a su madre se había cumplido.

El Apóstol lo aguardaba. Y él, limpio de cuerpo, alma y memoria, solo tuvo que levantar la mirada y decir, sin palabras, lo que tantos habían dicho antes y dirían después:

—Gracias. Estoy en casa.

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