sábado, 29 de noviembre de 2025

 ¿QUIÉN ES MÁS PEREGRINO?

 “EL CAMINO SE MIDE EN HONDURA, NO EN KILÓMETROS”

La pregunta que se plantea —si es más peregrino quien ha recorrido decenas de rutas hacia Santiago buscando convertirse en una “estrella del Camino”, o aquel que se adentra por primera vez en la senda buscando reflexión y el sentir original de la peregrinación— nos enfrenta a un dilema tan antiguo como el propio acto de caminar: ¿Qué es lo que define realmente a un peregrino?


A primera vista, podría parecer que la experiencia repetida otorga una suerte de autoridad: quien ha cruzado muchas veces los valles, los pueblos y las montañas del Camino conoce sus ritmos, sus sombras y sus luces. Pero la acumulación de credenciales no siempre conlleva profundidad. En ocasiones, la costumbre adormece la mirada; el Camino, que es un lugar de revelaciones, puede volverse un itinerario previsto, casi una rutina.

Por otro lado, el peregrino que llega por primera vez lo hace desprovisto de certezas. Tiene la inconsciente valentía de quien ignora lo que le espera: el cansancio que cala, el silencio que abruma, la conversación inesperada que reconforta, o el despertar de preguntas que no sabía que llevaba dentro. La primera vez nunca es sólo un viaje: es una apertura. Y en esa apertura reside una forma de autenticidad que no se compra con kilómetros.

Sin embargo, reducir la esencia del peregrino a la novedad o a la repetición sería injusto. El Camino no distingue entre veteranos y novatos; distingue entre quienes caminan “de verdad” y quienes sólo avanzan. Hay peregrinos experimentados que, a pesar de sus múltiples rutas, conservan intacta la capacidad de asombro. Siguen mirando el amanecer como si fuera el primero y escuchan la voz del sendero con humildad. Y hay primerizos que, aun sin experiencia, pueden atravesar la ruta con una profundidad que conmueve, porque escuchan cada paso como un maestro.

La pregunta, en el fondo, nos lleva a comprender que ser peregrino no depende de cuántas veces se ha andado el Camino, sino de cómo se habita cada paso. No es la cantidad, sino la intención. No es la distancia recorrida, sino la transformación que ocurre mientras se avanza. El Camino es, sobre todo, un estado de conciencia.

Quizá la verdadera respuesta sea que es más peregrino quien se deja tocar por lo que vive, quien acepta la incertidumbre de la senda, quien camina sin buscar títulos ni aplausos, y quien llega a Santiago —o no llega— habiendo descubierto un poco más de sí mismo.

Porque al final, el Camino no se convierte en estrella a quien lo repite, sino a quien lo comprende. Y esa comprensión puede nacer tanto en el primer paso como en el número mil. La verdadera distancia del peregrino no la marca el mapa, sino la profundidad con la que deja huella el camino en su interior.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

 LA FONTE DE FRANCO

MEMORIA DE AGUA Y CAMINO

La Fonte do Franco es considerada una de las fuentes más antiguas y enigmáticas de la ciudad, una presencia silenciosa al final de la Rúa do Franco, muy cerca de la Fonte de Fonseca. Su origen se envuelve en un conjunto de leyendas que la sitúan en tiempos remotos, cuando, según la tradición, se realizaba la traslación del cuerpo del Apóstol Santiago.



Una de las historias más antiguas afirma que, en el siglo I, los bueyes que tiraban del carro con los restos del Apóstol se detuvieron en ese preciso lugar, acuciados por la sed. Al escarbar la tierra con sus pezuñas, hicieron brotar de las entrañas del suelo un manantial de agua fresca. Así habría nacido la fuente, convertida desde entonces en un hito simbólico para la Ruta Xacobea.

Otra tradición, no menos prodigiosa, asegura que la fuente era milagrosa: un peregrino italiano, casi ciego por la fatiga del viaje, recuperó la visión al beber de su caño. Este prodigio y la figura de Franco de Gamma —personaje que dio nombre a la calle y cuya historia se entrelaza con la propia fuente— afianzaron la costumbre entre los peregrinos de beber de sus aguas antes de entrar en la ciudad santa.



Dejando atrás la leyenda, los datos más fiables sitúan su origen en el siglo X, en pleno proceso de crecimiento urbano que dio lugar al Vicus Francorum, el barrio de los francos o comerciantes foráneos. A lo largo de los siglos, la fuente experimentó numerosas transformaciones. En el siglo XVI, el oficial de cantería Gregorio de Seoane describía ya su deterioro, lamentando que apenas diera agua. En 1686, el vecino de la casa sobre la que descansaba la fuente intentó canalizar el manantial hacia su vivienda. Aunque se le concedió una parte de la petición, el resultado fue desastroso para el vecindario: del caño público apenas salía más que suciedad.

Una inspección reveló entonces que el manantial no pertenecía al supuesto propietario. El alcalde ordenó construir una bóveda que protegiera el nacimiento del agua y una arqueta de acceso para permitir su limpieza y mantenimiento. Posteriormente, en 1830, la fuente fue reconstruida por completo, y un año después se repararon sus caños deteriorados.



Hoy, la Fonte do Franco permanece seca, con sus dos caños mudos, pese a que todavía se escucha correr el agua bajo el suelo que la rodea. Se encuentra por debajo del nivel de la calle, accesible sólo a través de unas escaleras ahora cerradas por un portal. Su presencia, escondida pero latente, conserva el eco de su historia: un lugar donde mito y memoria conviven en la penumbra de la vieja ciudad, recordando a los caminantes que allí, donde hoy no brota el agua, nacieron antaño leyendas que acompañaron al peregrino hacia Santiago.

domingo, 16 de noviembre de 2025

 LA LUZ SIEMPRE NACE

EN EL CAMINO DEL QUE NO SE RINDE

A mediados del mes de febrero, pernoctó en el albergue municipal de Tordesillas el peregrino Eric, proveniente de Oliva. Durante la conversación distendida que mantuvimos me ofreció una especie de sentencia que me sonaba de haberla escuchado en algún otro momento y que comparto totalmente en el fondo:”La luz siempre nace en el camino del que no se rinde”.


Y es que en el Camino, hay mañanas en las que el cansancio pesa más que la mochila, y tardes en las que los kilómetros parecen multiplicarse bajo el sol o la lluvia. Sin embargo, es precisamente en esos momentos —cuando el ánimo flaquea, cuando los pies arden, cuando la duda susurra— donde el Camino revela su verdad más profunda: la luz nace en quien sigue adelante, paso a paso, aunque sea despacio.

El Camino de Santiago nunca ha sido solo una ruta, un sendero a seguir, un medio para llegar hasta la tumba del Apóstol en la Ciudad Santa. Es un espejo. Un espacio donde uno descubre que la verdadera fuerza no está en llegar rápido, sino en no detenerse. Que cada amanecer, que cada día recién estrenado trae una oportunidad nueva, y que la claridad interior suele aparecer justo después de los tramos más difíciles.


“La luz siempre nace en el camino del que no se rinde”, frase jacobea que podemos aplicarla en un amplio significado,  no habla solo del peregrino, sino de cualquier persona que atraviesa su propia senda, con sus dudas, sus rupturas y sus búsquedas. Perseverar no es avanzar sin miedo, sino hacerlo a pesar del miedo.

Y así, mientras el Camino serpentea entre pueblos, bosques y horizontes que parecen alejarse, uno descubre que la luz no está únicamente en la meta: está en seguir andando, incluso cuando cuesta.
Porque el que no se rinde, tarde o temprano, siempre encuentra su amanecer.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

 EL CAMINO FRANCÉS EN LOS CUPONES 

DE LA ONCE (L) 

 

SANTIAGO DE COMPOSTELA


El día 6 de julio de 2010 la ONCE puso en circulación un cupón dedicado a Santiago de Compostela con un valor nominal de 1,50 €. En él se representa la fachada barroca de la catedral y aparece una llamada con el titular de Patrimonio de la Humanidad.  También se presenta el anagrama del Xacobeo 2.010. Una curiosidad,  aparece la Cruz de Santiago suplantando a la “I” en la palabra CAMINO.


La Catedral de Santiago de Compostela es el destino final del Camino de Santiago y una de las grandes joyas del arte europeo. Su fachada principal, orientada hacia la plaza del Obradoiro, es una obra maestra del barroco gallego y una de las imágenes más icónicas de la arquitectura española.

A mediados del siglo XVIII, la vieja fachada románica del siglo XII —obra del maestro Mateo— mostraba signos de deterioro y se consideraba insuficiente para representar la grandeza espiritual y simbólica del santuario. La intención no era demoler lo antiguo, sino proteger el Pórtico de la Gloria y al mismo tiempo embellecer la entrada principal.

El cabildo catedralicio encargó la nueva fachada al arquitecto Fernando de Casas y Novoa, quien trabajó en ella entre 1738 y 1750, culminando así la etapa barroca del templo.

La fachada del Obradoiro presenta una estructura monumental, equilibrada y dinámica, típica del barroco pleno. Se organiza en tres cuerpos verticales y está coronada por dos altas torres gemelas: la Torre de las Campanas y la Torre de la Carraca, que alcanzan aproximadamente 74 metros de altura.

El cuerpo central, ricamente ornamentado, se abre con un gran ventanal enmarcado por columnas salomónicas —elemento característico del barroco— que generan un juego de curvas, contracurvas y sombras que dotan de movimiento y teatralidad a toda la composición.

El conjunto escultórico tiene una fuerte carga simbólica y religiosa. En la parte superior destaca la figura del Apóstol Santiago en actitud de peregrino, con bastón y sombrero, acogiendo a los caminantes que llegan exhaustos a Compostela. A sus lados aparecen ángeles, santos y apóstoles, mientras que en el remate superior se alza una cruz triunfante, signo de victoria espiritual.

Cada detalle de la fachada está concebido para transmitir un mensaje de exaltación de la fe, integrando arquitectura, escultura y luz. De día, el granito gallego refleja tonos dorados; de noche, la fachada adquiere un aspecto casi místico bajo la iluminación, reforzando su carácter trascendente.

La fachada se asienta sobre una gran escalinata, construida también en el siglo XVIII, que une el nivel de la catedral con la plaza del Obradoiro, centro vital de la ciudad. Esta plaza está rodeada por algunos de los edificios más importantes de Santiago: el Palacio de Raxoi, el Colegio de San Xerome y el Hostal de los Reyes Católicos. Juntos conforman un escenario monumental que representa el poder espiritual, civil, académico y hospitalario de la ciudad santa.

El estilo de la fachada del Obradoiro representa la culminación del barroco compostelano, caracterizado por su expresividad, riqueza ornamental y la búsqueda de la luz y el movimiento. Aunque exuberante, mantiene una profunda armonía con la estructura románica de la catedral, que se conserva intacta tras ella.

Fernando de Casas y Novoa logró integrar lo nuevo y lo antiguo en una obra unitaria y majestuosa, donde la piedra se convierte en espectáculo y emoción religiosa.

Más allá de su valor artístico, la fachada del Obradoiro simboliza la meta espiritual del peregrino. Después de recorrer cientos de kilómetros, el caminante contempla ante sí esta imponente fachada, donde el Apóstol lo recibe desde las alturas. Es la imagen del triunfo del espíritu sobre el cansancio y la fe sobre la distancia.

A lo largo de los siglos, la fachada ha sido objeto de numerosas restauraciones, la más reciente a comienzos del siglo XXI, que devolvió su esplendor original y garantizó su conservación frente al paso del tiempo y la humedad gallega.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

 TRAVESÍA JACOBEA DE UNOS TORDESILLANOS

Corría la primera quincena del mes de septiembre, ese mes en que los días se vuelven dorados y el aire empieza a oler a despedida del verano y en Tordesillas se  celebran las fiestas patronales de la Virgen de la Peña,  cuando María Teresa, veterana bicigrina ya de varios caminos, volvió a sentir el viejo impulso: ese llamado del Camino de Santiago que mezcla aventura, espiritualidad y amistad. Así que, como en otras ocasiones, se acercó al albergue municipal de Tordesillas para solicitar cinco credenciales. Cinco nombres se inscribieron en ellas: Melo, Lolo, Mari, Mariano… y la propia MariTere, que se uniría un poco más tarde al grupo.

Bajo un cielo despejado, los bicigrinos partieron desde Tordesillas con la determinación silenciosa de quien sabe que el Camino no se mide solo en kilómetros, sino en emociones y descubrimientos. En total, 470 kilómetros los separaban de su destino final, una cifra que resonaba entre desafío y promesa.

Las dos primeras etapas fueron un regalo para el cuerpo y el ánimo: tierra de campos, amplios horizontes y caminos suaves donde el pedaleo se volvía casi una meditación. Ciento veinte kilómetros diarios que discurrían entre pueblos tranquilos, maizales y trigales ya cosechados, con el viento del norte soplando como compañero constante.

Pero el Camino, fiel a su esencia, siempre guarda pruebas. En las tres jornadas siguientes, el terreno se volvió más exigente: cuestas prolongadas, caminos pedregosos y el cansancio acumulado que empezaba a pesar en las piernas y en la mente. Aun así, el grupo siguió adelante, alentándose unos a otros, compartiendo risas, silencios y ese tipo de conversaciones que solo nacen cuando la rueda gira y el paisaje cambia sin cesar.

Cuando finalmente alcanzaron  meta en la Ciudad Santa, no hubo grandes gestos ni alardes. Solo la satisfacción callada de haberlo conseguido. Lo resumieron como una experiencia “muy fructífera, con etapas duras, sí, pero llenas de aprendizaje, de compañerismo, de ese sentimiento de plenitud que deja el esfuerzo compartido.”

Y mientras descansaban, con las bicicletas enhiestas ante la fachada de la catedral en la plaza del Obradoiro y el sol del atardecer tiñendo de oro los caminos recorridos se plantearon qué hacer el próximo año

Las miradas se cruzaron y las sonrisas se encendieron. Porque el Camino, una vez que te encuentra, nunca deja de llamarte. Y ellos, sin duda, volverán a responderle en 2026.

Pues Santiago os espera una vez para daros, de nuevo, la bienvenida a su  cripta catedralicia

lunes, 3 de noviembre de 2025

 DONDE EXISTE CORAZÓN AGRADECIDO, 

EXISTE VIDA

Donde existe un corazón agradecido existe vida, y en esa vida laten valores que sostienen lo mejor del ser humano: la fraternidad, la sencillez, la empatía y la correspondencia. Esta tarde he vuelto a comprobarlo gracias a una llamada telefónica que me ha llenado de alegría y emoción. Era Juan José, un peregrino que se alojó en el albergue municipal de Tordesillas aquel ya lejano 9 de septiembre, pero que sigue presente en mi memoria por su afabilidad, su cortesía, su conversación amena y su amor profundo por la familia y por el Camino.

Desde el primer momento percibí en él ese espíritu jacobeo en toda su extensión, el que no se limita a recorrer kilómetros sino que se manifiesta en los gestos sencillos y en la nobleza de corazón. Juan José, asturiano de nacimiento y con querencia compartida entre Avilés y Onil, emprendió una peregrinación muy especial: unir ambas localidades por una promesa personal que le llevaría hasta la ermita de Nuestra Señora de la Salud, en Onil, donde elevaría sus oraciones en memoria de sus padres. Con ello daría cumplimiento a un voto nacido del afecto y la gratitud.


Buena parte de los más de mil kilómetros que separan Avilés de Onil los recorrió siguiendo el Camino del Sureste. En una de sus etapas hizo parada en el albergue municipal de Tordesillas, donde compartimos vivencias, anécdotas y reflexiones de caminantes. Aquel encuentro fue breve, pero dejó huella.

Hoy, en cambio, su voz al otro lado del teléfono me ha transportado nuevamente al Camino. Me contaba con emoción su nueva peregrinación, realizada esta vez en sentido contrario: siguiendo la ruta del Sureste pero desde su Avilés natal hasta casi el Mediterráneo. Una empresa con un punto añadido de dificultad, pues caminar “a contraflecha” —sin el consuelo visual de las señales amarillas que guían al peregrino hacia Santiago— exige un espíritu decidido y una voluntad inquebrantable.


En su relato se entrelazan momentos de alegría y de dificultad, encuentros y despedidas, soledad y compañía. Me habló con gratitud de los hospitaleros que fue encontrando en su camino, esas almas generosas que ofrecen al peregrino una sonrisa, un plato caliente o una palabra de aliento justo cuando más se necesita. Todos ellos, junto a Juan José, son parte de esa red invisible que sostiene el espíritu jacobeo desde hace siglos.

Al ver las imágenes que me ha enviado del montaje audiovisual de su llegada a Onil, no puedo sino emocionarme. Allí lo esperaban los miembros de su comparsa de Moros y Cristianos, junto a su buen amigo Mocho, el peregrino de “las manitas amarillas”, recibiéndolo con júbilo y acompañándolo en los últimos metros hasta la ermita. La escena rebosa simbolismo: la comunidad abrazando al peregrino que regresa, la promesa cumplida, la fe convertida en celebración.



Me siento profundamente satisfecho de saber que su peregrinación ha llegado a buen término, que ha cumplido sus objetivos y que ha podido compartir la alegría del logro con sus amigos y seres queridos. Personas como Juan José nos recuerdan que el Camino no se recorre solo con los pies, sino con el corazón.

ULTREIA, Juan José. Que tus pasos sigan marcando senderos de gratitud y esperanza.